martes, 16 de junio de 2009

«Los mundos de Coraline» Una familia de pesadilla


Mikel Insausti
Gara, 16 de junio de 2009

Aún siendo consciente de que “Los mundos de Coraline” va a alcanzar la máxima puntuación en los paneles de la crítica, he de matizar que, en mi modesta opinión, se dispensa al cine de animación de autor un reconocimiento desmesurado para su escasa conexión con el público. Con este nuevo largometraje de Henry Selick me pasa lo mismo que con algunas de las recientes realizaciones de Hayao Miyazaki, que me resulta excesivo. Y me llego a aburrir, al igual que les pasa a los niños y niñas que no aguantan la larga duración de una película ya de por sí tan sombría, porque cien minutos son demasiados para una obra que está fotografiada en stop motion, imagen por imagen. Reconozco la pericia técnica del que es uno de los últimos artesanos de la animación, así como su genial talento surrealista, pero me temo que a Henry Selick le iba mucho mejor en su etapa como colaborador de Tim Burton, cuando no era tan ambicioso desde un punto de vista artístico.

No puedo evitar las comparaciones con «Pesadilla antes de Navidad», que tenía un formato de cuento que se echa de menos en «Los mundos de Coraline», donde el onirismo se apodera ya de la narración de principio a fin, con toda su compleja y mareante carga simbólica. Y, por supuesto, prefiero mil veces la fantasía aparentemente simple de «James y el melocotón gigante», deudora de la incomparable inventiva crítica del galés Roald Dahl. En cambio, «Los mundos de Coraline» se basa en Neil Gaiman, un autor de cómic que tiende a la caricatura distorsionada, observable en los personajes de los vecinos de la niña protagonista, ya sean las hermanas cabareteras o el forzudo circense. La idea del otro lado del espejo o universo paralelo está además muy explotada en la literatura infantil, sin que el texto de Gaiman aporte mayores novedades que la de los botones que sustituyen a los ojos y que convierten, dentro del reverso de la realidad, una actividad tan cotidiana como la de la costura en algo de lo más siniestro, por no decir terrorífico.

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