viernes, 31 de julio de 2009

«Up», el décimo largometraje de Pixar

Fue la encargada de inaugurar el Festival de Cannes este año y se postula ya como candidata a ganar el Óscar absoluto a la Mejor Película, mientras se convierte en la más vista de todos los tiempos en sistema de proyección 3-D. Es el décimo éxito consecutivo de crítica y público para los estudios Pixar, indiscutibles líderes de la animación mundial.

Mikel INSAUSTI
Gara, DONOSTIA

Pixar siempre consigue estar a la vanguardia de la animación, y con su décimo largometraje ha podido ya liderar el mercado de las salas de proyección en 3-D. «Up» va a batir todos los records de recaudación en esta modalidad puntera, lo que ha llevado a muchas empresas de exhibición a hacer un esfuerzo para abrir cines debidamente equipados de cara a tan importante estreno. Las ciudades que no se pongan al día se van a quedar definitivamente atrás, así que en el resto de nuestras capitales tendrán que seguir el ejemplo de Bilbo para poder atender a la demanda de un espectáculo cinematográfico en las mejores condiciones.

Y en esto, como en todo, Pixar se distancia de sus más directos competidores, porque demuestra una madurez que los demás no tienen. La clave de su éxito reside en tratar al público de una forma adulta, porque para el estudio de John Lasseter la animación es un género que ha cumplido sobradamente la mayoría de edad.

Lo mismo que sus guiones son trabajados como si se tratara de películas de acción real, en el aprovechamiento del 3-D han sido igual de juiciosos. No han querido impresionar a los espectadores en sus butacas, con efectos de cine en relieve mediante los cuales llegar a asustarlos, sino que han preferido que la sensación tridimensional se integre en la historia de manera natural y convincente.

Dado que «Up» es el décimo largometraje de Pixar, es buen momento para hacer un alto e intentar explicar las razones por las que Pixar, hoy por hoy, no tiene rival en el cine de animación. No puede obedecer a ninguna casualidad que todas sus películas, desde la primera hasta la última, hayan superado a la anterior, para asombro del resto de estudios. Y los demás, porque la industria es así, siguen frotándose los ojos y no acaban de entender lo que no es un milagro, ya que nace como fruto de una dedicación absoluta.

La vida del personal de Pixar no gira por entero alrededor de un proyecto, al repartirse en varios simultáneos, pues cada uno de ellos suele llevar varios años, y «Up» en concreto ha necesitado seis para estar totalmente acabado. Pero de algún modo todos los empleados se sienten conectados entre sí, aunque se hallen inmersos en producciones diferentes, porque tienen participaciones en la empresa y desean que cada película suponga una mejora. Este sistema aglutinador garantiza la continuidad de los puestos de trabajo, con lo que una vez concluido un proyecto no son despedidos y pasan a colaborar en el siguiente. La satisfacción profesional de la plantilla se ve recompensada aún más si cabe en el plano creativo, gracias a la tranquilidad de saber que al frente del estudio se encuentra un cineasta genial como John Lasseter, en lugar de un ejecutivo que sólo entiende de números.

Habría que saber hasta qué punto afecta a la filosofía de Pixar su actual asociación con Disney, porque, pese a influir única y exclusivamente en la parte del negocio, a nadie escapa que implica ciertos roces en materia artística. Un ejecutivo de Disney declaró públicamente, muy molesto, que los diseñadores de «Up» no habían inventado suficientes personajes para el merchandising y la consiguiente fabricación de juguetes, rompiendo así una de las normas de la multinacional de Burbank. Debía de ser que este patán no considera personajes susceptibles de convertirse en muñecos a los seres adultos, y ya se sabe que el protagonista de «Up» es un jubilado, al igual que su máximo oponente.

En fin, es de suponer que al ver las cifras obtenidas en taquilla habrá tenido que tragarse sus palabras, porque no se ha sabido de ninguna rectificación. Ese es el principal signo de distinción entre John Lasseter y el típico ejecutivo de un estudio de animación que piensa que sus películas van dirigidas a una mentalidad infantil, por no decir otra cosa.

Lo comercial y lo creativo

La cuestión es que Pixar puede presumir de saber conciliar lo comercial y lo creativo armoniosamente, del mismo modo que triunfa entre el público y la crítica sin excepciones. Hay quienes piensan que ha sonado la hora de un reconocimiento todavía mayor, y que este año puede ser el del Óscar a la Mejor Película, fuera ya de una vez por todas de la restringida categoría de la animación. Son muchas las voces autorizadas que no dudan en postular a «Up» como favorita frente a las películas de acción real, teniendo en cuenta que este año el número de títulos finalistas se ha ampliado a diez.

El ambiente favorable hay que agradecérselo al Festival de Cannes, el primero en romper con los prejuicios y atreverse a recibir con todos los honores a «Up», programándola en la apertura. Basta repasar las crónicas de los enviados especiales para comprobar que fue la película que concitó mayor unanimidad en lo que a elogios se refiere, así que si todos nos rendimos ante la evidencia sólo falta que lo hagan los encargados de votar y decidir los premios.

La principal novedad que aporta «Up» es su introducción, por cuanto se trata de un preludio dramático que resume acontecimientos muy graves en la vida del protagonista, un viudo marcado por la tragedia de perder a su esposa y al bebé que esperaban. Es una colección de recuerdos que apenas ocupa diez minutos de metraje, y que se desarrolla visualmente, sin necesidad de palabras o la voz de un narrador, sólo con el emotivo subrayado de la música de Michael Giacchino.

Lo sorprendente es que este comienzo tan triste y melancólico funciona muy eficazmente dentro de la película, si bien sus responsables no lo tuvieron claro hasta ver todo el montaje. Su intención era la de enganchar emocionalmente al espectador desde el arranque, para luego liberar la presión inicial a través de las fantásticas aventuras que se desarrollan.

El viudo Fredriksen, cuyo abultado rostro es un cruce entre Spencer Tracy y Walter Matthau, quiere ver cumplido el sueño que compartía con su mujer de viajar a Sudamérica. Y esa ilusión por llegar al Parque Nacional de Canaima en Venezuela se despliega mediante miles y miles de globos que hacen volar su casa. En su aventura le acompaña como polizonte un regordete boy-scout y, una vez en el aire, serán atacados por una versión voladora del capitán Nemo, un pirata aéreo con las facciones de Kirk Douglas.

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